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El vuelo de Edi

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CAPÍTULO I

Esta historia comienza con un bicho bolita volando en ala delta. Él va dejándose llevar por la brisa de una tardecita calurosa, sin saber que su vuelo va directo hacia la tela de araña tejida por Lía, la araña del naranjo. ¡Un momento!, pensarás vos, ¿adónde se ha visto un bicho bolita andando en ala delta?
Es que Edi, no es un bicho bolita cualquiera. Cuando tenía apenas 3 días de vida, se encontraba mordisqueando unas hojas medio podridas al pie del juvenil, sin darse cuenta de que se acercaba una tormenta.
Edi había escuchado los truenos, pero como no sabía de qué se trataban, siguió comiendo tranquilo, mientras los truenos se hacían cada vez más fuertes y el resto de la familia Bolitera corría a enterrarse en lo profundo de la tierra negra.
De pronto, se iluminó todo de golpe y luego se escuchó un gran estruendo seguido de una ráfaga de viento que levantó las hojas caídas. Edi se elevó sobre una de ellas, como si de una alfombra mágica se tratara, y voló durante unos diez segundos a unos escasos centímetros del suelo.
Hay que tener en cuenta que como los bichos bolita son muy chiquitos, miden el tiempo y el espacio de otra manera, por lo que los segundos son para ellos como minutos y los centímetros como metros (de eso se trata la Ley de la Relatividad). El vuelo tomó a Edi tan de sorpresa, que olvidó hacerse bolita, que es lo que hacen todos los bichos de su especie cuando se sienten en peligro.
Simplemente se quedó con los ojos y la boca muy abiertos, dejando caer los restos de materia orgánica que estaba masticando. La hoja planeó a unos 16 kilómetros por hora, -una velocidad nunca antes alcanzada por ningún bicho bolita-, para terminar cayendo sobre las aguas del piletín.
Edi pasó de aviador a navegante, tripulando una balsa sin timón en medio de un mar embravecido. ¿Pero él se asustó? ¡Para nada! 

Quedó maravillado con aquélla inmensidad acuática que se abría por primera vez ante sus ojos. Si estuviste alguna vez frente al mar, sabrás qué fascinante es quedarse mirando las olas romper contra la orilla, que en este caso eran los costados del piletín.
En realidad, Edi no era muy consciente del peligro que corría, porque si una sola gota de lluvia rozaba su embarcación, podía hacerla zozobrar para terminar dándose un buen chapuzón. Y los bichos bolita son muy malos nadadores. Por suerte, todos sus movimientos habían sido seguidos por Paco, el benteveo amarillo, que amparado bajo el tejado, esperaba a que pasara el chaparrón.
-¡Qué bicho más raro!- Pensaba Paco, porque él conocía a muchos bichos bolitas, pero nunca había visto ninguno que volara o que navegara bajo la lluvia. Por eso, cuando comenzó a escampar, más por curiosidad que por hambre, Paco voló hasta aquél extraño ser y lo atrapó con su pico. Al sentir la dureza de la caparazón de Edi, que del susto esta vez sí se había hecho bolita, Paco se dio cuenta de que al final de cuentas no se trataba más que de un pequeño bicho bolita y lo soltó en pleno vuelo.
Así, Edi experimentó en quitina propia lo que viene a ser la caída libre: pudo sentir el aire silbar sobre su caparazón esférica, mientras se precipitaba cada vez a mayor velocidad, -atraído por la fuerza de la gravedad terrestre- hacia el suelo embaldosado. A pesar de lo espectacular de la caída, no se hizo nada, porque su caparazón es muy dura y está preparada para resistir grandes impactos. Hecho una bolita rodó, rodó y siguió rodando hasta detenerse en el cantero de los papiros. Allí, Edi por fin se enterró en lo profundo de la tierra negra y se durmió.
-¿Y el ala delta y la araña?, preguntarás vos. Bueno, esa historia, está por venir.

Leer capítulo II

Cuento: Eliana Rios