cibercole-logo-web

El vuelo de Edi

vuelo-edi2

CAPÍTULO II: EL ACERTIJO

Edi está despertando en lo profundo de la tierra negra. Edi es un bicho bolita y para ellos la tierra es su hogar y refugio.
La tarde anterior había sido muy excitante: había volado sobre una hoja como si de una alfombra mágica se tratara; navegado en el piletín del patio; había sido atrapado por un benteveo y luego rodado hecho bolita hasta los papiros donde finalmente se enterró para descansar.
Mientras despierta escucha: -Crunch, crunch, crunch. Alguien mastica muy cerca, pero ¿quién es? -¡Buenos días dormilón!, escucha que lo saludan, pero no puede ver nada porque bajo la tierra no hay luz.
-Buenos días. Responde Edi muy educado, al tiempo que siente que algo se arrastra muy cerca de él.
-¿Quieres desayunar algo?, le pregunta la voz. -¡Sírvete, esta tierra es muy rica!
-¿Comes tierra?, pregunta Edi asombrado.
-¿Tu no?, responde la voz con otra pregunta mientras sigue masticando: -Crunch...
Edi siente que algo húmedo lo roza y se sobresalta.
-¡No temas criatura!, dice la voz. ¿Nunca te hablaron de las lombrices? En realidad no comemos tierra, sino todo la materia orgánica que se descompone en ella. Nuestra tarea es limpiar y enriquecer la tierra de manera que en ella puedan crecer nuevas plantas. Así los bichitos y animales pueden alimentarse de esas plantas, hasta que mueren, y cuando eso pasa, nosotras nos encargamos de que los nutrientes vuelvan a la tierra...
Edi todavía no se había despertado del todo como para poder seguir el hilo de esa lección sobre lumbricultura y tanta cháchara le da hambre.
-Bueno... dice, intentando no ser grosero. -Voy a ver si encuentro alguna hoja podrida para masticar ¡Hasta luego! Se despide, y sale escarbando hacia la superficie.  

Afuera, el rocío de la mañana aún no se ha disipado bajo el bosque de papiros. Los tallos se pierden en las alturas donde las hojas forman una intrincada red vegetal, dejando pasar los rayos de sol en tímidos retazos que rompen la húmeda penunbra.
Edi olfatea acá y allá en busca de algún alimento, pero todo lo que encuentra son hojas secas de papiro, demasiado duras y afiladas para atraer su apetito.
“Tengo que salir de este bosque”, piensa. “Treparé por uno de los tallos hasta la copa para ver mejor hacia adónde ir”.
Pero arriba, una figura siniestra lo aguarda camuflada entre las hojas. El mamboretá, señor del bosque, piensa para sí: “Vamos a divertirnos un poco añá memby”.
-¡Te tengo!, exclama el mamboretá. Edi, atrapado entre las patas de la mantis no puede hacerse bolita.
Aterrado, se fija en las temibles tenazas que salen de su boca y piensa que su corta vida está a punto de llegar a su fin.
-¿Se puede saber qué haces en mi bosque?, pregunta el mamboretá intimidante.
-Disculpe, contesta Edi con un hilito de voz; -No sabía que este era su bosque. Edi nunca se había imaginado que los bosques podían pertenecer a alguien. Los bichos bolitas no entienden de propiedad privada, para ellos, la tierra es de todos.
-¡Este es mi bosque, y nadie sale de él con vida si no resuelve el acertijo!- dice la mantis, y sigue con voz cavernosa:
“¿Qué es lo que se rompe cuando se pronuncia?”
Aquí vamos a dejar por ahora a nuestro héroe, entre las garras del mamboretá, intentando resolver el acertijo. Ten en cuenta que es muy difícil pensar cuando se tienen unas tenazas tan cerca del rostro.


Leer capítulo III

Anterior

Cuento: Eliana Rios